Historia de Nazaret.-

La raíz de la palabra Nazaret (Natzrat o Natzeret en hebreo; al-Nāṣira o al-Naseriyye en árabe) se refiere al significado de “brotar”, como observó San Jerónimo, pero también al de “estar en guardia”. La posición geográfica de la pequeña ciudad de la baja Galilea confirma su vocación en el lugar de observación. Nazaret se ubica a lo largo de la vertiente más meridional del complejo de colinas que desciende del Líbano, en posición elevada sobre la llanura delantera de Izreel, el valle mencionado más veces en la Biblia es conocido también en la pronunciación griega Esdrelón, a casi 350 metros de altitud.
Pero por siglos, Nazaret está en el corazón de los peregrinos y viajantes, la “flor de Galilea”, que protege la memoria de aquel diálogo entre el arcángel Gabriel y María. Con su “sí” la joven mujer hizo del desconocido pueblo la morada del “Verbo que se hizo Carne”, del Hijo de Dios que se hizo hombre, del fruto del seno de la Virgen que se hizo flor, así como proclamaba Bernardo di Chiaravalle en su comentario sobre el misterio de Nazaret.

Anunciacion.-

Evangelio según Lucas (Lc 1, 26-38)

El evangelista Lucas está particularmente atento a la narración de los eventos acontecidos a la Santa Familia, dedicándoles los primeros dos capítulos de su Evangelio. El anuncio del nacimiento de Jesús, el Salvador, es llevado por el ángel Gabriel a María, joven mujer israelí de un pequeño pueblo de Galilea.
La primera palabra del saludo del Ángel a María es “Alégrate”, en griego “Chaîre”, que expresa la alegría del momento, ya que Dios, a través de María, la “hija de Sión” de la profecía de Sofonia (Sof 3,14), cumple su promesa de salvación, esperada por años por el pueblo elegido. Como observa Benedicto XVI, «con este augurio del Ángel, podemos decir, que se inicia, en ese sentido, el Nuevo Testamento, el anuncio cristiano de la “Buena Nueva» (Benedicto XVI, “La infancia de Jesús, 2011, pág. 36-37).
María se hace “sierva del Señor” y se convierte en su “casa”, permitiendo que Dios se sirva de ella para su plan de Salvación. «Las palabras: “Heme aquí, soy la sierva del Señor”, expresan el hecho que desde el inicio ella acogió e interpretó su maternidad como regalo total de sí, de su persona al servicio de los planes salvadores del Altísimo» (Juan Pablo II, “Redemptoris Mater”, n° 39)
Para ello, María se vuelve modelo para la Iglesia y para todos los creyentes.