“No teman, porque les traigo una buena noticia, una gran alegría para todo el pueblo: Hoy, les ha nacido un Salvador, que es el Mesías, el Señor”. Lucas 2,10-11

Belén.-

El nombre

Xilografía-B. von Breidenbach (1483)

En las fuentes antiguas, Belén aparece ya citada en una tablilla cuneiforme hallada en Egipto, perteneciente al archivo del faraón Akenatón (siglo XIV a.C.); en ella se habla de la ciudad de Bit Lahmu, situada en el territorio de Jerusalén.

Es probable que el nombre original de la ciudad derive del término Lahmo, una divinidad caldea de la naturaleza y de la fertilidad adoptada por los pueblos cananeos, que cambiaron su nombre en Lahama. Si se da crédito a esta hipótesis, la traducción del nombre Beit el-Laham podría ser «Casa de Lahami», acepción razonable en virtud de la particularidad de esta tierra, muy fecunda y rica en agua.

En este sentido, el Antiguo Testamento llama a la ciudad Bet Léhem, «Casa del Pan», y también Efratá (Mq 5,2), epónimo de la tribu que vivía en estos lugares y que significa, literalmente, «fructífera». También los nombres modernos evocan esta idea de fertilidad y abundancia: en árabe, Beit Lahm significa «la Casa de la carne», debido a su gran cantidad de rebaños de ovejas y cabras, una de las actividades más importantes de la comarca; en hebreo, Beit-Léhem significa «la Casa del pan», argumento que nos introduce en la imagen de Jesús como pan bajado del cielo (cf. Jn 6).

 

Historia antigua

Sello de Belén

En el Antiguo Testamento, la ciudad es recordada como capital y casa de la tribu del rey David, establecida en estas tierras desde el 1200 a.C. (1Sam 17,12; cf. libro de Rut). También se cita a Belén como lugar de la sepultura de Raquel, esposa del patriarca Jacob (Gn 35,19). Estos acontecimientos bíblicos nos hablan de la secular historia de guerras y repartos de tierras que ha caracterizado siempre la vida de esta región. En el año 586 a.C., el ejército caldeo de Nabucodonosor conquistó Judea y deportó al pueblo judío a Babilonia, donde vivieron cincuenta años de exilio.

Acabado este periodo, el rey persa Ciro II permitió a los judíos volver a su patria. También Belén fue repoblada por este tiempo. Historia antigua Toda Palestina –y, en consecuencia, también la ciudad de Belén– fue ocupada nuevamente por Alejandro Magno en el 333 a.C., quedando sometida sucesivamente al reino de los Tolomeos de Egipto (301-198 a.C.) y al poder de los Seléucidas de Antioquía.

Entre el 167 y el 164 a.C., a raíz de la persecución llevada a cabo contra los judíos y de la posterior insurrección antisiria de los Macabeos, dio comienzo la dinastía de los Asmoneos, que reinaron durante unos treinta años sobre todos los territorios, incluida la ciudad de Belén, hasta la llegada de las legiones romanas.

Periodo romano

Mapa de Madaba

Los territorios de Palestina, conquistados definitivamente por Pompeyo en el 63 a.C., estaban bajo dominio romano en la época de la vida de Jesús. La administración romana había dividido los territorios conquistados en tetrarquías.

Así, la ciudad de Belén estaba sometida al poder de Herodes el Grande, que, hacia el año 30 a.C., mandó construir en las cercanías de la ciudad un palacio-fortaleza llamado Herodión. En cualquier caso, toda esta época queda marcada claramente por el acontecimiento del nacimiento de Jesucristo, que originó el advenimiento de la era cristiana y que coincidió también con un periodo de grandes revueltas del pueblo judío contra el dominio romano.

En el año 6 d.C., con el relevo del etnarca Arquelao, toda Judea fue incorporada a la provincia imperial de Siria y administrada por procuradores que residían en Cesarea del Mar. Cuando la destrucción de Jerusalén por parte de Tito en el año 70 d.C., Belén afortunadamente se salvó de la catástrofe.

El lugar santo atrajo como lugar de culto ya a los primeros cristianos, que veneraban la cueva en la que había nacido el Mesías. Sin embargo, en este periodo se recrudecieron progresivamente las revueltas judías, reprimidas con determinación por el emperador Adriano. Éste decidió levantar en Belén un templo pagano dedicado a Adonis precisamente en el lugar de la Gruta de la Natividad, que quedaría enterrada, destruida y despojada de todo signo cristiano, como ya había ocurrido con el Santo Sepulcro en Jerusalén.

Por aquel tiempo, parece que el lugar presentaba un estado natural, tal como lo describe después Orígenes (340-420). En todo caso, siempre permaneció vivo el recuerdo de que allí estaba el lugar del nacimiento de Jesús, según transmite Orígenes (siglo III) en sus escritos. A causa de las fuertes represiones, muchos judeo-cristianos dejaron la ciudad, que quedó en manos de paganos. Y estos continuaron con su culto.

Periodo romano-bizantino

Basilica costantiniana-Reconstrucción de R.W. Hamilton

El Edicto de Constantino (año 313) proclamó la libertad de culto y se inauguró así un nuevo periodo de renacimiento para todos los lugares de culto cristiano. Con el Concilio de Nicea (325) y por expresa voluntad de la reina Elena, tras las debidas investigaciones, comenzó la construcción de la Basílica de la Natividad, un templo que devolvía la dignidad al lugar santo custodiado allí.

La conclusión de la obra tuvo lugar en el año 333, como recuerda el peregrino anónimo de Burdeos (Itinerarium, 598). De esta forma, Belén se convirtió en un gran centro religioso. Más aún: con la llegada de San Jerónimo en el 384, Belén pasó a ser foco de nuevas formas de experiencia monástica.

Además, Jerónimo contribuyó en la historia de la Iglesia con la redacción de la Biblia Vulgata, encargo directo del Papa Dámaso (366-384). Otra figura relevante en la ciudad de Belén para el desarrollo del monaquismo, masculino y femenino, fue la patricia romana Paula: junto con su hija Eustoquio, llegó a Belén en el 386 y destinó gran parte de su patrimonio a la creación de dos monasterios en las proximidades del lugar de la Natividad de Jesús.

Tras la muerte de Jerónimo en el 420, la vida monástica en Belén no tuvo mucho seguimiento. Y la ciudad sería asaltada ferozmente por los samaritanos de Nablus, quienes, tras las revueltas contra el emperador de Bizancio de los años 521-528, saquearon iglesias y monasterios, atacando duramente a los cristianos (529).

Tras estos saqueos, que condujeron a la destrucción de la Basílica de la Natividad, el emperador Justiniano, a petición de San Sabas, restauró el santuario en el año 531 y reconstruyó la ciudad, que había quedado en ruinas. Se elaboró entonces un bello mosaico en el tímpano mayor, decorado con imágenes de los Magos vestidos a la usanza persa. Este detalle resultó muy útil, porque, durante la invasión encabezada por Cosroes II en el 614, la basílica fue preservada de la destrucción a causa de la visión de este mosaico, que amedrentó a los ejércitos persas.

En el año 629, el emperador Heraclio reconquistó a los persas todos los territorios palestinos.

Periodo árabe-musulmán

Con la ocupación árabe-musulmana por parte del califa Omar en el 638, también Belén fue sometida a este nuevo poder. Un gesto simbólico del califa garantizó el clima de tolerancia y convivencia entre musulmanes y cristianos: tras la ocupación de la ciudad, Omar entró a rezar ante el ábside sur de la basílica.

Desde aquel momento, el templo se convirtió en lugar de oración para cristianos y musulmanes. Este escenario de respeto entre ambas religiones fue empeorando progresivamente a lo largo de los siguientes califatos, hasta que se llegó a las persecuciones de 1009 por parte del califa fatimí Al-Hakim, que ordenó la destrucción de todos los santuarios de Tierra Santa.

Milagrosamente, la Basílica de la Natividad de Belén quedó preservada de esta devastación, probablemente por la importancia que el lugar había adquirido para la religión islámica, al ser el lugar de nacimiento de aquel a quien los musulmanes identifican como el Profeta Issa, pero también por el hecho de que la basílica hospedaba en su interior una pequeña mezquita.

 

Periodo cruzado

La reconstrucción del convento cruzado - B.Bagatti

Comienza así un nuevo periodo en la historia de Tierra Santa. Debido a las difíciles condiciones de vida en la región de Belén, los cristianos pidieron ayuda a Godofredo de Buillón, que residía en Emaús. La llegada de los cruzados a Tierra Santa había arruinado definitivamente las relaciones entre musulmanes y cristianos, de forma que estos últimos esperaban con ansiedad la liberación de Belén por parte de los cruzados.

En 1099, cien caballeros capitaneados por Tancredo, conquistaron la ciudad, que, a partir de entonces, vivió un siglo de oro, puesto que se intensificaron las relaciones con Europa a través de peregrinaciones e intercambios comerciales. Los cruzados dieron también un nuevo aspecto a la ciudad, erigiendo un monasterio para los Canónigos de San Agustín (el actual convento franciscano), a quienes fue confiado el servicio litúrgico de la basílica y la acogida de los peregrinos; a los ritos orientales se les concederá la posibilidad de celebrar su propia liturgia.

El 24 de diciembre de 1100, Balduino I fue coronado primer rey de Jerusalén en la Basílica de Belén. Desde entonces, la ciudad dependerá directamente del Patriarca de Jerusalén y se convertiría en sede episcopal y capital diocesana.

Entre 1165 y 1169, por voluntad del obispo Raúl, se procedió a la restauración de la basílica, con la contribución económica del rey cruzado Amalarico I y del emperador de Constantinopla, Manuel Porfirogeneta Comneno, como se evidencia por el peregrino Focas. Esta colaboración constituyó un claro signo de unidad entre la iglesia oriental y la occidental. La derrota cruzada de Hattín (Galilea) en 1187 a manos de Saladino (Salah ad-Din ibn Ayyub) provocó una nueva ocupación de Belén. La comunidad latina que residía en la ciudad abandonó Belén, volviendo diez años más tarde, cuando los musulmanes permitieron a los latinos reanudar el culto mediante el pago de un alto tributo.

Con toda seguridad, la historia de Belén, como la de todos los lugares santos, tuvo un punto culminante en el viaje que Francisco de Asís, junto a otros doce frailes, emprendió hacia Oriente en los años 1219-1220. Es muy probable que Francisco de Asís llegara a Belén, porque la tradición siempre ha transmitido el especial cariño que el santo profesaba por la imagen del nacimiento, pero el detalle no está confirmado por ninguna fuente. Sí es del todo cierto que Francisco desembarcó en el puerto de Acre junto con los cruzados y se dirigió a Egipto, a la corte del sultán Al-Kamil al-Malik; éste, impresionado por la personalidad del santo, le concedió un salvoconducto para transitar por Palestina.

Algunos de sus compañeros, que ya habían llegado a Palestina en años precedentes, se quedaron al servicio de la Iglesia en estas Santas Tierras. Como fruto de las dos treguas, una entre el emperador Federico II y el Sultán de Egipto y otra entre el Rey de Navarra y el Sultán de Damaso, Belén pasó al Reino Latino de Jerusalén durante los años 1229-1244, poco más de un decenio, puesto que, en 1244, la invasión de los corasmios en Palestina desestabilizó nuevamente el territorio.

 

Periodo mameluco

En 1263, con la invasión de Jerusalén por parte de los mamelucos de Egipto, el Califa Baibars expulsó a los cristianos de Belén y derribó las murallas fortificadas de la ciudad. Durante este periodo, los peregrinos sólo podían llegar a la ciudad con el pago de altos aranceles.

La caída de Acre en 1291 supuso el fin del Reino Latino de Jerusalén. Toda Palestina permanecería bajo el poder de los mamelucos hasta la conquista del Imperio Otomano.

 

Los Franciscanos y Belén

Gruta de la Natividad

Los frailes menores, llegados ya a Tierra Santa a comienzos del siglo XIII, se establecieron definitivamente en Belén en 1347, en el convento de los Canónigos de San Agustín, que habían sido expulsados por los mamelucos. Así lo acredita Fray Nicolás de Poggibonsi, que llegó a Tierra Santa precisamente en aquel año. El sultán donó a los «frailes de la cuerda» (como se les recuerda en las crónicas y documentos antiguos) la propiedad de la Basílica y de la Gruta de la Natividad.

Los otros ritos cristianos obtuvieron el permiso de celebrar sus respectivas liturgias. A partir de esta época, los franciscanos fueron los representantes del rito latino en Belén y en otros santos lugares. En 1479 se acometió la obra de restauración del tejado de la basílica, gracias a la laboriosidad del Hermano Guardián Juan Tomacelli.

La madera, proporcionada por Felipe III de Borgoña (Felipe el Bueno), fue transportada desde Europa en naves venecianas, mientras que el plomo fue donado por Eduardo IV de Inglaterra, como se evidencia Fray Francisco Suriano.

 

Periodo Turco

Firmano del Califa Omar an. 1690

En 1517, el territorio de Palestina fue anexionado a las fronteras del Imperio Turco. El sultán Selim I destruyó lo que quedaba de las murallas de Belén. La ciudad cayó así en una lenta ruina, de forma que los cristianos, oprimidos y perseguidos, abandonaron poco a poco el país.

Los derechos sobre la basílica quedaron divididos entre franciscanos y ortodoxos, lo que significó el inicio de continuos desencuentros, sobre todo a causa del gobierno de la Sublime Puerta, que apoyaba arbitrariamente a una u otra confesión con diversos privilegios.

En 1690, los frailes franciscanos consiguieron readquirir todos sus derechos, pero en 1757 se llegó a un nuevo y ya definitivo cambio de propiedad. Entre 1831 y 1841, el virrey de Egipto, Mehmet Alí, y su hijo, Ibrahim Pasha, liberaron Palestina del dominio turco durante un breve periodo. En esta coyuntura, los cristianos reivindicaron su derecho sobre la ciudad de Belén y, tras años de sumisión y persecución, expulsaron a los musulmanes, cuyo barrio fue destruido en 1834. Desde entonces, la mayoría de la población de la ciudad será cristiana.

Uno de los acontecimientos más significativos de todo este periodo es la agitada historia de la Gruta de la Natividad y de las disputas entre las distintas confesiones; más en concreto, la trama de la desaparición de la estrella colocada por los latinos en el lugar del nacimiento de Jesús. El conflicto fue provocado por los griego-ortodoxos el 12 de octubre de 1847 y agudizó las seculares diferencias entre las dos confesiones.

A causa de estas fricciones, el gobierno turco promulgó en 1852 un firmán que sancionaba los derechos de propiedad existentes en los santuarios cristianos (statu quo), tratando de poner paz tras siglos de desencuentro. La Sublime Puerta, como agradecimiento a los países europeos que contribuyeron a su victoria contra Rusia en la Guerra de Crimea (1854-56), concedió a los latinos mayores libertades. Durante este periodo se establecieron en Palestina muchas congregaciones religiosas que se ocuparon de escuelas, hospitales y hospicios.

La llegada de tantos occidentales fue dejando su impronta en la ciudad, visible hasta el día de hoy. En 1859 los franciscanos adquirieron Siyar al-Ghanam, el Campo de los Pastores, donde, tras las pertinentes excavaciones, quedaron al descubierto restos de construcciones de la época bizantina, lo que significa que en el lugar existía desde antiguo un lugar de culto.

Tras la caída del Imperio Otomano en 1917, y tras su derrota en la Primera Guerra Mundial, Palestina quedó bajo protectorado de Gran Bretaña en julio de 1922, sobre la base de acuerdos internacionales.